Venezuela
Las primeras imágenes del continente, La Guaira, tierra trágica de fin de siglo. Pero bella, primera prueba del turquesa caribeño y de solitarias calas.
Favelas caraqueñas, en cualquier repecho de la montaña, paseantes de media tarde de carretera, jóvenes y jóvenas, los primeros tejanos, tejanos y más tejanos. La piel tostada y los ojos oscuros. La serpiente de la carretera y de repente Chaves, gigante de papel de dos dimensiones, chillando a Bush, Mister Danger.
Y Caracas, bajo la falda del exuberante Ávila, ruidosa ella, dinámica. Noctambuleamos. Esto es Occidente. Globalización. British pop. Menos tejanos, más faldas. Muchos escotes. Mucho hielo. Las calles vigilan. Irene dirige. Pero somos uno de ellos, aquí, sólo aquí y ahora.
Ciudad Bolivar. El primer olor de selva. El color colonial. El Orinoco y su fuerza, el arcano 11. Las polaridades: una polar y el sofoco. Indios.
El salto Ángel. Rojos Churún y Carrao, la sangre en la orilla. Bosques silenciosos. Dioses y majestades, los Tepuis. El teatro vocal de la selva y los ojos al frente ya sólo de agua y gravedad. De rodillas ante él.
El caribe y el mundo se detiene. El corazón se amansa, los pasos se acortan, pero Eros sigue en su apogeo. Sonrisas, risas, y algunos que dijeron adiós a sus raices para formar parte del alma turquesa. Neptuno inconcebible entre los negocios sobre sus semillas. Noches esbeltas, el movimiento, el sol en la casa 5, las entrepiernas, la carne de carne de arepa.
Mérida, recogiéndose bella ella, pacífica, eterna primavera, isla de paz, pulmón venezolano, galería de descanso.
Los llanos, el silencio, el infinito, ya sólo somos piezas del sistema, estamos en nuestro lugar. Pies descalzos y ganas de vivir, veloces palabras en lentos corazones, animales de otro universo, cuando algo solo existe en la mente, no existe. Fusión con la emperatriz, noches sin luz de mentira.
No digo que volveré, pues ya de allí recogí y sentir otra vez no es más que volver.
