La muerte como consejera
31st March, 2007 por carlos
En breves segundos, en esos momentos en los que el tiempo se para y se muestra como eterno, todo había cambiado.
Intentaba mirar hacia adelante, imaginábase caminando, y encontraba un muro, tras el cual la mente era incapaz ya de observar.
Punto final. No es posible. Si el camino parecía no tener fin. Si el tiempo no importaba…
Y el cuerpo se revolvía, y lo increible pasaba a hacerse creible, por primera vez, con toda su fuerza y en su apogeo.
Sí, el final es imaginable, en alguna forma mental, seguramente también irreal, pero lleva la fuerza del final, de la aniquilación.
Y entonces, las dimensiones del ser humano despiertan, y aparece la claridad. Sí, la claridad adormecida en nuestras vidas cotidianas. La conciencia se amplia, y es capaz de mirar el todo. Y esa es la gran tragedia, la claridad que tras apartar el velo de vidas que no son nuestras, nos enseña tanta banalidad, tan poca autenticidad y la insoportable superfluidad de lo recorrido.
Y siempre pensaba que había tiempo… pero no, no hay tiempo. Ni ahora ni antes. Sólo hay acciones, encauzadas en la intensidad de la vida o perdidas en el sueño. Y una paz que sólo se casa con los deberes hechos… con la conciencia de haberlo dado todo, el todo de uno mismo.
Y ahora… ahora… dónde… dónde… dónde voy…
Dreaming, I was only dreaming
I wake and I find you asleep
In the deep of my heart here
Darling I hope
That my dream never haunted you
My heart is tellin’ you
How much I wanted you
No hay tiempo, no hay tiempo…
ahora, amor y agradecimiento…


